No
en vano aguantaba aquella maldita nieve. Esa estampa navideña tan vulgar y
repetitiva como el descomer que arrojaba al excusado cada mañana después del
desayuno. No obstante, la incesante precipitación de copos parece llenar de
inspiración a todos los intentos de artistas que atiborran las calles de Paris
en busca de algo para echarse a la boca, a parte de la inspiración.
La
mayoría se limita a molestar a los transeúntes parisinos y a engañar a los
turistas que visitan la ciudad del amor, váyase usted a saber por qué la llaman
así pues debieran llamarla de cualquier otra forma excepto esa; que las toneladas
de hierros que descansan en los campos elíseos sean iluminados de noche no es
motivo alguno para esa denominación. El caso es que toleramos a esos pintores
de tres al cuarto, pero siempre hay algunos que sacan los pies del plato, los
muy imbéciles justifican todas sus acciones por el arte. Y no cuentan con que
luego tendrán que verse las caras con la maldita justicia. “El arte es la
expresión de la libertad”, dicen. Veremos cómo hacen arte detrás de unas rejas.
...
—Han
desaparecido tres mujeres en un mes. Dos de ellas las encontramos muertas, por inanición,
deshidratación, desnutrición, heridas de cadenas en muñecas y tobillos. Fueron
halladas en las cloacas subterráneas —tomé aire. El comisario mecanografiaba lo que le iba diciendo en su vieja underwoood leader—. Estamos frente a un
caso de secuestros en serie,..
El
comisario dejó de golpear las teclas, se quitó las gafas y contestó,
interrumpiéndome:
—Las
dos mujeres no guardan semejanza alguna, ni física ni en parentesco, las
familias de ambas no se conocen de nada,
afirman que las chicas tampoco– hablaba muy rápido, casi cabreado.
Seguramente por no entender qué ocurría—, eso quiere decir que el asesino lo
hace sin distinción personal. Parece como si las eligiera al azar, pero…. ¿Con
qué motivo?, no están forzadas
sexualmente, no tenían dinero, ni tampoco sus familias, ¿por qué dejar que se
mueran?...
Negué
con la cabeza mientras me encogía de hombros.
—Yo
tampoco lo sé, Señor Comisario. Además de las leves heridas en muñecas y
tobillos, parecen no haber sufrido un acto violento. Ni una pelea o… —y, de
nuevo, la impetuosidad de mi jefe no me dejó terminar.
—Pues
vaya y averigüe qué narices ocurre, Detective.
Me
despedí de él inclinando levemente mi sombrero.
...
—¡Fuera
hace tanto frío! Un frío que desgarrará sin miramientos toda tu bella piel, la
hará trizas, cortándola con sus peligrosos copos de nieves— le decía mientras
le besaba su fino cuello. Mejor queda aquí, ¿no estás, Carolina, más cómoda sentada en mi sofá? ¿Y no estás
más cómoda cerca de mi fuego?
Toda
mi vida era un teatro que yo me encargaba de interpretar.
—Muchas
gracias, Señor Silvestre, de verdad, pero no debería pasar la noche fuera de mi
casa, mi familia se podría preocupar— contestó la hermosa chica de piel tersa y
blanca, tan limpia como el mármol, mientras se incorporaba del sillón y se
quitaba el lujoso abrigo de piel que le había prestado. Quedó así su cuerpo
desnudo permitiendo a la luz de la chimenea entretenerse en sus perfectas
curvas.
—¡Oh,
cruel reloj que empujas bajo el horizonte al hermoso sol! Yo contemplando tu
belleza no me di cuenta de la falta de luz allí arriba. Es más, Carolina, que
no podrías permitir que tu lienzo quedara sin acabar.
—No sea dramático, Señor Silvestre
—me respondió, sonriendo ampliamente, mientras yo hundía mi boca en sus
inmaculados y esféricos senos— que ya volveré mañana al alba para continuar con
su obra que soy yo.
—Tiene toda la razón,
pero un caballero como mi persona no podría permitir que vos, tan bella dama,
se marchase sin comer. Sólo deme un minuto, siéntese y prepárese para degustar
todo tipo de manjares traídos desde la lejana india —la dejé sola en
el comedor, me fui a cerrar con llave la puerta de la casa y luego, cumpliendo
con mis palabras, me dirigí a la cocina.
Decidí
preparar fideos traídos de la Camargue, eché para uno. Los herví con hierbas
aromáticas indias —o
eso dijo el vendedor ambulante que me encontré en el mercado de la especia de
París—
mientras se cocinaban, abrí la primera botella de vino que encontré, lo serví
en dos copas finas. A una de ellas le eché mis íntimos polvos mágicos, polvos
del sueño. Con sendas copas en las manos, le tendí la marcada a ella y
brindamos por el ramen que preparaba.
Ambos bebimos mientras reíamos.
...
Desperté.
¿Dónde estaba?, todo era demasiado oscuro, no había ninguna luz, ¿Acaso me
había quedado ciega?, me sentía rara, como si estuviera flotando en el aire. Un
dolor de cabeza apretaba mi cerebro contra mi cráneo. Sentí mucho miedo, tanto
como puede sentir alguien que cree haber muerto.
—¿Señor
Silvestre? –musité. Mis ojos no se habían acostumbrado aún a la oscuridad que
allí donde yo estuviera reinaba cuando una puerta dejó entrar un torrente de luz.
Intenté tapar mis ojos con el fin de no hacerlos sufrir, pero mi extremidad
estaba agarrada por una ligadura que no me dejaba moverlo ni tan siquiera un
palmo. Cuando mi vista se recuperó del susto luminoso comprendí mi situación.
Aquella sensación de levitar era real pues no tenía los pies en el suelo, ellos
estaban agarrados a la pared con una abrazadera de metal, igual que mis
muñecas. No entendía nada, dejé de mirarme para observar la estancia: sin
ventanas, las paredes tenían el mismo acabado blanco roto que toda la cas y
suelo de mármol… Suelo de mármol… ¿Rojo?
No
era rojo, al menos no del todo, pues tapando el suelo de mármol blanco con
vetas negras que se pisaba en toda la casa estaba un charco de sangre.
Vomité,
o eso querría haber hecho ante tal sanguinario mejunje.
Encadenada
en una habitación con el suelo manchado de sangre, menudo pedazo de cabrón, me
miraba sonriente Francesc Silvestre como si yo siguiera sentada en su asqueroso
sofá de cuero marroquí, como si no me hubiera envenenado y encarcelado.
—¿Qué
ocurre? ¡¿Por qué me hace esto?!
—Querida,
vas a formar parte de una obra de arte, vas a ser tan famosa como la Mona Lisa–
Yo intentaba responder, pero mi mente no acababa de comprender lo que estaba
pasando y mucho menos hablar, de todas formas… ¿Qué habría dicho?
Él
volcó su mirada hacia otro lado, en la pared que su vista señalaba estaba
colgado un lienzo del que antes no me había percatado. En él se mostraba la cara de una chica, pero
tenía algo extraño, la parte izquierda presentaba un buen aspecto, de chica de
bien, limpia, hermosa; no obstante, a medida que mis ojos avanzaban hacia la
derecha, su aspecto desmejoraba levemente hasta mostrar, en la parte exterior
del pómulo derecho, el aspecto de un cadáver cuya oreja estaba ya putrefacta.
Era
bello.
¿Cómo
podía estar admirando esa obra de arte? Era fruto de una cruel, lenta y
dolorosa muerte. Sin embargo, era tiempo encarcelado en un retrato: tiempo
inmóvil. Había conseguido unir la vida y la muerte y los había estrechado de
tal forma que no parecían dos estados únicos, sino sólo dos de los muchos que
un ser humano puede sufrir.