martes, 4 de septiembre de 2012

Carolina. Primera Parte


No en vano aguantaba aquella maldita nieve. Esa estampa navideña tan vulgar y repetitiva como el descomer que arrojaba al excusado cada mañana después del desayuno. No obstante, la incesante precipitación de copos parece llenar de inspiración a todos los intentos de artistas que atiborran las calles de Paris en busca de algo para echarse a la boca, a parte de la inspiración.
La mayoría se limita a molestar a los transeúntes parisinos y a engañar a los turistas que visitan la ciudad del amor, váyase usted a saber por qué la llaman así pues debieran llamarla de cualquier otra forma excepto esa; que las toneladas de hierros que descansan en los campos elíseos sean iluminados de noche no es motivo alguno para esa denominación. El caso es que toleramos a esos pintores de tres al cuarto, pero siempre hay algunos que sacan los pies del plato, los muy imbéciles justifican todas sus acciones por el arte. Y no cuentan con que luego tendrán que verse las caras con la maldita justicia. “El arte es la expresión de la libertad”, dicen. Veremos cómo hacen arte detrás de unas rejas.
  ...
—Han desaparecido tres mujeres en un mes. Dos de ellas las encontramos muertas, por inanición, deshidratación, desnutrición, heridas de cadenas en muñecas y tobillos. Fueron halladas en las cloacas subterráneas —tomé aire. El comisario mecanografiaba  lo que le iba diciendo en su vieja underwoood leader—. Estamos frente a un caso de secuestros en serie,..
El comisario dejó de golpear las teclas, se quitó las gafas y contestó, interrumpiéndome:
—Las dos mujeres no guardan semejanza alguna, ni física ni en parentesco, las familias de ambas no se conocen de nada,  afirman que las chicas tampoco– hablaba muy rápido, casi cabreado. Seguramente por no entender qué ocurría—, eso quiere decir que el asesino lo hace sin distinción personal. Parece como si las eligiera al azar, pero…. ¿Con qué motivo?,  no están forzadas sexualmente, no tenían dinero, ni tampoco sus familias, ¿por qué dejar que se mueran?...
Negué con la cabeza mientras me encogía de hombros.
—Yo tampoco lo sé, Señor Comisario. Además de las leves heridas en muñecas y tobillos, parecen no haber sufrido un acto violento. Ni una pelea o… —y, de nuevo, la impetuosidad de mi jefe no me dejó terminar.
­—Pues vaya y averigüe qué narices ocurre, Detective.
Me despedí de él inclinando levemente mi sombrero.
...
—¡Fuera hace tanto frío! Un frío que desgarrará sin miramientos toda tu bella piel, la hará trizas, cortándola con sus peligrosos copos de nieves­— le decía mientras le besaba su fino cuello. Mejor queda aquí, ¿no estás, Carolina,  más cómoda sentada en mi sofá? ¿Y no estás más cómoda cerca de mi fuego?
Toda mi vida era un teatro que yo me encargaba de interpretar.
—Muchas gracias, Señor Silvestre, de verdad, pero no debería pasar la noche fuera de mi casa, mi familia se podría preocupar— contestó la hermosa chica de piel tersa y blanca, tan limpia como el mármol, mientras se incorporaba del sillón y se quitaba el lujoso abrigo de piel que le había prestado. Quedó así su cuerpo desnudo permitiendo a la luz de la chimenea entretenerse en sus perfectas curvas.  
—¡Oh, cruel reloj que empujas bajo el horizonte al hermoso sol! Yo contemplando tu belleza no me di cuenta de la falta de luz allí arriba. Es más, Carolina, que no podrías permitir que tu lienzo quedara sin acabar.
—No sea dramático, Señor Silvestre ­—me respondió, sonriendo ampliamente, mientras yo hundía mi boca en sus inmaculados y esféricos senos­— que ya volveré mañana al alba para continuar con su obra que soy yo.
Tiene toda la razón, pero un caballero como mi persona no podría permitir que vos, tan bella dama, se marchase sin comer. Sólo deme un minuto, siéntese y prepárese para degustar todo tipo de manjares traídos desde la lejana india la dejé sola en el comedor, me fui a cerrar con llave la puerta de la casa y luego, cumpliendo con mis palabras, me dirigí a la cocina.
Decidí preparar fideos traídos de la Camargue, eché para uno. Los herví con hierbas aromáticas indias o eso dijo el vendedor ambulante que me encontré en el mercado de la especia de París mientras se cocinaban, abrí la primera botella de vino que encontré, lo serví en dos copas finas. A una de ellas le eché mis íntimos polvos mágicos, polvos del sueño. Con sendas copas en las manos, le tendí la marcada a ella y brindamos por el ramen que preparaba. Ambos bebimos mientras reíamos.
...
Desperté. ¿Dónde estaba?, todo era demasiado oscuro, no había ninguna luz, ¿Acaso me había quedado ciega?, me sentía rara, como si estuviera flotando en el aire. Un dolor de cabeza apretaba mi cerebro contra mi cráneo. Sentí mucho miedo, tanto como puede sentir alguien que cree haber muerto.
—¿Señor Silvestre? –musité. Mis ojos no se habían acostumbrado aún a la oscuridad que allí donde yo estuviera reinaba cuando una puerta dejó entrar un torrente de luz. Intenté tapar mis ojos con el fin de no hacerlos sufrir, pero mi extremidad estaba agarrada por una ligadura que no me dejaba moverlo ni tan siquiera un palmo. Cuando mi vista se recuperó del susto luminoso comprendí mi situación. Aquella sensación de levitar era real pues no tenía los pies en el suelo, ellos estaban agarrados a la pared con una abrazadera de metal, igual que mis muñecas. No entendía nada, dejé de mirarme para observar la estancia: sin ventanas, las paredes tenían el mismo acabado blanco roto que toda la cas y suelo de mármol… Suelo de mármol… ¿Rojo?
No era rojo, al menos no del todo, pues tapando el suelo de mármol blanco con vetas negras que se pisaba en toda la casa estaba un charco de sangre.
Vomité, o eso querría haber hecho ante tal sanguinario mejunje.
Encadenada en una habitación con el suelo manchado de sangre, menudo pedazo de cabrón, me miraba sonriente Francesc Silvestre como si yo siguiera sentada en su asqueroso sofá de cuero marroquí, como si no me hubiera envenenado y encarcelado.
—¿Qué ocurre? ¡¿Por qué me hace esto?!
—Querida, vas a formar parte de una obra de arte, vas a ser tan famosa como la Mona Lisa– Yo intentaba responder, pero mi mente no acababa de comprender lo que estaba pasando y mucho menos hablar, de todas formas… ¿Qué habría dicho?
Él volcó su mirada hacia otro lado, en la pared que su vista señalaba estaba colgado un lienzo del que antes no me había percatado.  En él se mostraba la cara de una chica, pero tenía algo extraño, la parte izquierda presentaba un buen aspecto, de chica de bien, limpia, hermosa; no obstante, a medida que mis ojos avanzaban hacia la derecha, su aspecto desmejoraba levemente hasta mostrar, en la parte exterior del pómulo derecho, el aspecto de un cadáver cuya oreja estaba ya putrefacta.
Era bello.
¿Cómo podía estar admirando esa obra de arte? Era fruto de una cruel, lenta y dolorosa muerte. Sin embargo, era tiempo encarcelado en un retrato: tiempo inmóvil. Había conseguido unir la vida y la muerte y los había estrechado de tal forma que no parecían dos estados únicos, sino sólo dos de los muchos que un ser humano puede sufrir.