jueves, 17 de mayo de 2012

El hombre que convirtió un inconveniente en una suculenta ventaja


Trece años. Con esa edad los niños suelen recibir juguetes. Sin embargo, uno recibió un desventurado negocio: un desdichado bar de pescadores que convirtió en todo un símbolo gastronómico de la Costa del Sol gracias a una gran idea. 

En el malagueño barrio de El Palo nació Eduardo, o “Nono” como le gustan que le llamen. Creció alrededor del olor a salitre, arena, madera y alquitrán. El que utilizaba su abuelo para teñir las redes. Explica el relato con naturalidad, lo hace de forma directa. Un hombre tan ajetreado no puede permitirse divagar. Mientras narra la historia de cómo su abuelo tuvo que cerrar su negocio de tintero para abrir un bar llamado “El tintero”, atiende a distribuidores y saluda a los camareros. Se echa hacia adelante, símbolo de un hombre cercano. “Yo sigo sirviendo platos”.  Y humilde: “El que crea que lo sabe todo es el más tonto”. 

Está en su casa, acompañado por casi medio millar de sillas con sus respectivas mesas. Es temprano. Aún hay pocos clientes pero el bar ya está en ebullición. Sólo cinco años duró ese pequeño bar de pescadores en las manos de su abuelo. Con tan sólo trece años recibe el negocio. El patriarca familiar lo elige a él por delante de sus nueve hijos. “Mi abuelo me alquila el bar, era su preferido”. Preferido o no. Ese niño contrató a sus dos padres como cocineros.  Esa decisión fue tan descarada como trascendental iba a ser en su vida. Él aún no lo sabía. 

Su puro acento malagueño no se deja amortiguar por los voceríos de subasta de ‘pescaito’ frito. Entre cantos de “¡Espeto, rico ‘espetito’ de sardinas!” y “¡Pulpo, pulpo a la gallega!” cuenta,  con asombrosa normalidad, cómo se le ocurrió la famosa idea de subastar el pescado. Esa innovadora forma de servir el típico pescado frito. Esa con la que los camareros, capaces de llevar en sus brazos decenas de platos, se recorren los salones del bar en busca de clientes ávidos de comer lo que llevan… y lo que cantan. Todo eso ocurre en el ahora llamado “El Tintero 2”, bar situado en el extremo este de El Palo.  

“Mi madre no sabía ni leer ni escribir, así que siempre se liaba con los pedidos”.  Eran los años 70 y aún el analfabetismo dominaba en muchas zonas. Pero, “Nono” le sacó partido. “Tú fríe lo que quieras que ya nosotros lo venderemos”. Con esta frase nace una idea que parece sencilla. Pero desde la barrera se ven muy bien los toros. 

A partir de ahí fue todo mucho más fácil, el invento tuvo “gran aceptación” y rápidamente se mudaron al local en el que ya llevan 36 años “al pie del cañón”. Esa es la filosofía de Eduardo cuando le preguntan por su jubilación. “En la vida no se puede parar de luchar, si paras, estás perdido”. 

Abrieron “El tintero campero”. Una versión del original añadiéndole carne, situado en el valle del Guadalhorce. Él mismo saca el tema de la crisis. Su gesto se torna serio, hasta ahora muy expresivo. “Las cosas están muy duras”.  El habitual discurso deja sitio a una sorpresa: “Nosotros no hemos recortado personal”. Un oasis con la gran idea de Eduardo como fuente. De ella se benefician un centenar de empleados –la mitad en invierno– que no han visto sus empleos terminados. Pero acaba con una mala noticia: “tendremos que hacerlo”.

Un estrechón de manos es el preámbulo a la despedida. Le dan a probar un nuevo pescado de un nuevo proveedor acompañado del habitual alioli. “Muy bueno” dice mientras se aleja esquivando a un camarero que llevaba más de veinte platos de rosada, deseoso por dejarlos en las mesas de los comensales para luego volver a empezar.  Él se ríe con el amago de choque. “Yo nunca he trabajado porque si trabajas en lo que te gusta no te cuesta esfuerzo, no es trabajo”. Un juguete, entonces. 

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