Trece
años. Con esa edad los niños suelen recibir juguetes. Sin embargo, uno recibió
un desventurado negocio: un desdichado bar de pescadores que convirtió en todo
un símbolo gastronómico de la Costa del Sol gracias a una gran idea.
En el malagueño barrio de El Palo
nació Eduardo, o “Nono” como le gustan que le llamen. Creció alrededor del olor
a salitre, arena, madera y alquitrán. El que utilizaba su abuelo para teñir las
redes. Explica el relato con naturalidad, lo hace de forma directa. Un hombre
tan ajetreado no puede permitirse divagar. Mientras narra la historia de cómo
su abuelo tuvo que cerrar su negocio de tintero para abrir un bar llamado “El
tintero”, atiende a distribuidores y saluda a los camareros. Se echa hacia
adelante, símbolo de un hombre cercano. “Yo sigo sirviendo platos”. Y humilde: “El que crea que lo sabe todo es
el más tonto”.
Está en su casa, acompañado por
casi medio millar de sillas con sus respectivas mesas. Es temprano. Aún hay
pocos clientes pero el bar ya está en ebullición. Sólo cinco años duró ese
pequeño bar de pescadores en las manos de su abuelo. Con tan sólo trece años
recibe el negocio. El patriarca familiar lo elige a él por delante de sus nueve
hijos. “Mi abuelo me alquila el bar, era su preferido”. Preferido o no. Ese
niño contrató a sus dos padres como cocineros. Esa decisión fue tan descarada como trascendental
iba a ser en su vida. Él aún no lo sabía.
Su puro acento malagueño no se deja
amortiguar por los voceríos de subasta de ‘pescaito’ frito. Entre cantos de
“¡Espeto, rico ‘espetito’ de sardinas!” y “¡Pulpo, pulpo a la gallega!”
cuenta, con asombrosa normalidad, cómo
se le ocurrió la famosa idea de subastar el pescado. Esa innovadora forma de
servir el típico pescado frito. Esa con la que los camareros, capaces de llevar
en sus brazos decenas de platos, se recorren los salones del bar en busca de
clientes ávidos de comer lo que llevan… y lo que cantan. Todo eso ocurre en el
ahora llamado “El Tintero 2”, bar situado en el extremo este de El Palo.
“Mi madre no sabía ni leer ni
escribir, así que siempre se liaba con los pedidos”. Eran los años 70 y aún el analfabetismo
dominaba en muchas zonas. Pero, “Nono” le sacó partido. “Tú fríe lo que quieras
que ya nosotros lo venderemos”. Con esta frase nace una idea que parece
sencilla. Pero desde la barrera se ven muy bien los toros.
A partir de ahí fue todo mucho
más fácil, el invento tuvo “gran aceptación” y rápidamente se mudaron al local
en el que ya llevan 36 años “al pie del cañón”. Esa es la filosofía de Eduardo
cuando le preguntan por su jubilación. “En la vida no se puede parar de luchar,
si paras, estás perdido”.
Abrieron “El tintero campero”.
Una versión del original añadiéndole carne, situado en el valle del
Guadalhorce. Él mismo saca el tema de la crisis. Su gesto se torna serio, hasta
ahora muy expresivo. “Las cosas están muy duras”. El habitual discurso deja sitio a una
sorpresa: “Nosotros no hemos recortado personal”. Un oasis con la gran idea de
Eduardo como fuente. De ella se benefician un centenar de empleados –la mitad
en invierno– que no han visto sus empleos terminados. Pero acaba con una mala
noticia: “tendremos que hacerlo”.
Un estrechón de manos es el
preámbulo a la despedida. Le dan a probar un nuevo pescado de un nuevo
proveedor acompañado del habitual alioli. “Muy bueno” dice mientras se aleja
esquivando a un camarero que llevaba más de veinte platos de rosada, deseoso
por dejarlos en las mesas de los comensales para luego volver a empezar. Él se ríe con el amago de choque. “Yo nunca he
trabajado porque si trabajas en lo que te gusta no te cuesta esfuerzo, no es
trabajo”. Un juguete, entonces.

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