Los arbustos de paja que ruedan por el hollywoodense desierto del Lejano Oeste son llamados barrillas, brujas capitanas o cachanillas. Todos son términos latinos, muy lejanos del uso peninsular del idioma de Cervantes. Así que en España suelen llamarse por su cualidad, la de rodar. Plantas rodadoras. Y por el lugar donde suelen verse. Plantas rodadoras del desierto.
Por el embaldosado suelo de la malacitana fábrica de comunicadores debió haber aparecido una de esas plantas. Y, para oídos atentos, la banda sonora de Por un Puñado de Dólares se escuchaba amortiguada por la charlatanería de los estudiantes que aún no habían entrado a clase. Eran las 12:30 del primer jueves de noviembre. Buen lugar y buena hora para un duelo. O, más bien, para morir, quería decir. Pues uno de los duelistas era Esperanza Codina, la más rápida de La Costa del Sol. El teclado más rápido. Disparó todo su cargador periodístico en diez minutos. Los alumnos, tercos como sólo la juventud es, ignoraron el reguero de sangre que salía de sus gargantas. Alargaron con preguntas su agonía. El duelo se extendió durante 50 minutos más.
Seguramente por la pérdida de sangre, el alumnado del sheriff Rivera disparó balas al aire. Balas perdidas en los tópicos de charlas anteriores: inicios de carrera, presiones exteriores y devenir de la prensa. “¿Cree que el futuro del periodismo está en lo local?”. Vaciado el cargador, Esperanza Codina cambió de calibre. Apuntó al maltrecho ‘umeño’ con un Magnum del 44. “No sé”. Entre ceja y ceja.
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