martes, 8 de octubre de 2013

La batalla de los Olivares



No eran más de una treintena de hombres contra 15.000 almas. La aplastante lógica numérica cincelaba en sus rostros la desesperación de quien se sabe derrotado. Los minutos pasaban y el estruendo de sus rivales le hacía un nudo en sus gargantas. La opresión en el pecho producida por la angustia, el dolor de cabeza de quien quiere gritar pero no puede por simple terror: la fatídica espera de quien espera sin saber qué encontrará. Uno de ellos, vestido con su uniforme beige con detalles negros y amarillos, apretaba los dientes y miraba al frente mientras, nervioso, pasaba su peso de una pierna a otra; como si sus piernas no pudiesen sostener el peso de su cuerpo durante un tiempo demasiado prolongado.  En frente de estos abandonados guerreros de terracota, formaban en perfecto desorden y estructurada algarabía millares de personas que verían como sus sueños se cumplirían en cercanos instantes.

   El momento esperado llegó cuando el árbitro entonó el pitido final. El graderío se venía abajo con la fútil esperanza de abrazar o besar a alguno de sus héroes. La treintena de seguratas que protegían el verde observaron, impasibles, cómo un joven vestido de blanco y morado pasaba entre ellos y se lanzaba hacia el montón de jugadores que celebraban el sufrido ascenso de su equipo, del Real Jaén.

   Después de ese pionero; decenas, centenas y millares de personas invadieron el césped que había gestado la hazaña durante la hora y media anterior en la que veintidós jugadores manejaban con los pies una pelota con la intención de meterla en la portería contraria: todo el mundo quería ser parte de la fiesta del fútbol.

Gaitán, a hombros de Toni García, rememora a Antoni Galera
   Sin embargo, momentos antes la historia no había sido tan color de rosa. Los primeros ochenta y cinco minutos fueron una excusa para justificar los últimos cinco: Santi Villa lanza una falta desde el balcón del área y un jugador del huracán de Valencia golpea el balón con la mano o el balón roza el brazo de ese jugador (depende del color de quien lo cuente).

   El colegiado señala penalti y la euforia de la Nueva Victoria estalla en un grito de alegría acompañado de un brazo con el de al lado, puños en alto o, incluso, besar el suelo que sostiene tus pies. Un padre levantaba a su hijo como Rafiki lo hacía con Simba al principio de cierta película de Disney. Euforia justificada pues el Jaén sólo debía mantener el resultado de empate a cero para conseguir el ascenso: un penalti le acercaba su objetivo al alcance de las dos manos.

   Es el propio Santi Villa el que se enfrenta al portero valenciano. La grada ni siquiera presta atención al penalti, restan poco más de dos minutos para el final del encuentro y aunque lo fallara, el Huracán no tendría tiempo a una respuesta: había que celebrarlo. Santi Villa golpea el balón de forma impecable, sin embargo, el palo repele el esférico. Pocos segundos pasan de un barullo en el área visitante a un despeje desesperado que acaba en las botas de un delantero del Huracán. Tenía todo el campo para él.

   Toda la grada preferente fue testigo de cómo el jugador valenciano se plantó delante de Toni García, el meta jienense, en lugar de chutar, cede la bola a un compañero que venía en la segunda jugada: éste remata de primeras y el balón sale de sus botas acariciando el césped, muy lentamente avanza hacia la línea de gol, sin embargo, en última instancia, Raúl Gaitán logra despejar ese balón maldito que tanto recordaba por su lentitud al que les arrebató el ascenso en un 2009. Ese año se enfrentaban al Villarreal B de Garrido. Entonces, Galera no pudo despejarlo, el pequeño submarino logró el empate y el golaveraje le favoreció.

    El estadio enmudeció durante esos largos segundos en los que se veían personas con manos en la cara, otros tirándose del pelo pero, sobre todas las poses, mandaba aquella del conejo de carretera deslumbrado por las luces de un coche que acabaría por atropellarlo: era la mirada del estupor cuya banda sonora eran millares de “no me lo creo” o “no puede ser”: los dos ojos abiertos como platos, sin poder reaccionar.

   Un suspiro general que exhalaba todo el aire contenido seguido de un verdadero grito de alegría era lo que entonaba una Victoria mucho más cauta que antes, que esperó al pitido final para celebrarlo de verdad con los jugadores, con sus amigos y familiares y con el mundo entero. El Real Jaén estaba en segunda. Lo que el fútbol le arrebató once años antes se lo devolvía este verano. La temporada siguiente jugarían en la división de plata, pero eso ya,  es otra guerra. 

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